Tecnologías del yo en la cultura digital
- Pablo Cordes
- hace 3 días
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Actualizado: hace 2 días
Lic. Pablo Cordes
Psicoanalista - Sexólogo Clínico - Profesor de Psicología.

El cuerpo tecno subjetivado post pandemia
William Burroughs (2009) se adelantó a su tiempo cuando planteó su tesis sobre el virus de la palabra. “…un virus es una unidad muy pequeña de palabra y de imagen” (Burroughs, 2009: 30). El lenguaje es el virus que lo contamina todo, el mediador por excelencia que nos manipula y controla socialmente a través de dispositivos de poder. El lenguaje produce relaciones de poder. Hace tiempo que la tecnología ha dejado de ser una cosa para adoptar la forma de un dispositivo de subjetivación. Foucault (1990) analizó como las tecnologías producen subjetividad y estableció que son las llamadas tecnologías del yo las que habilitan a los sujetos a transformarse modificando su cuerpo, pensamiento y comportamiento. El sujeto adquiere significado y es subjetivado por el discurso (Foucault, 2008). Celulares, redes sociales, apps (aplicaciones móviles diseñadas para ser ejecutadas en celulares “inteligentes”) y juegos, son los nuevos códigos semióticos de la era digital que producen la transformación del usuario. Por supuesto, dichas transformaciones no llegan a ser del todo conscientes cuando los sujetos, usuarios de la tecnología, son atravesados por sus códigos significantes. En la era del encierro digital nos dimos cuenta que el trabajo virtual y la conexión permanente a los artificios de los multiversos digitales llegaron para quedarse. Parecía haber claridad con respecto a que el problema no es tanto si la tecnología es en esencia buena o mala sino cuál es el uso que provoca una consecuencia desfavorable a nuestras vidas. Lo que produce nuevos interrogantes: ¿el usuario es capaz de regular el uso apropiado de la tecnología? Y, de todos modos, ¿quién establece lo que es apropiado y lo que no cuando la normal digital es producida por la misma aplicación?
Las posibilidades de la tecnología legitimadas por el lenguaje serán las nuevas formas de vida del ser post humano. Demonizar a la tecnología es una pérdida de tiempo porque corre el foco de la cuestión. Existe una tendencia a confundir los términos y asociar todo producto tecnológico a lo informático, a lo digital, etc. La tecnología forma parte de la sociedad desde la prehistoria. El problema es que la cultura tecnocrática presenta la tecnología en términos de una redención esperada. Este discurso tecnofílico es el que termina repercutiendo en los modos en que la subjetividad es interpelada por las instituciones primarias o secundarias que introducen a la cultura al sujeto.
Al nacer, llegamos a un mundo ya subjetivado por la tecnología que nos empapa con sus códigos semióticos en el novedoso abismo de la cultura digital. El baño de lenguaje tecno nos empapa de códigos. Censurar o intentar erradicar a la tecnología a esta altura de las circunstancias sería utópico. En cambio, una pregunta simple que permita replantearnos como especie cuál es el alcance que le que queremos dar al avance tecnológico puede abrir un nuevo camino a la reflexión: ¿la tecnología podría erradicar la condición humana? Mientras la inteligencia artificial no piense por nosotros se postergará la extinción de la razón crítica.
El fin de la era analógica
Durante la pandemia vivimos un encierro digital que funcionó como un rito de pasaje forzoso de una era analógica en vías de extinción hacia una era digital de transhumanismo en la cual el sujeto el subjetivado por la tecnología. El capitalismo despiadado actúa como una máquina de constante cambio que transmuta sus dispositivos, pero no sus objetivos. Mientras el consumidor siga consumiendo, el banquete se sigue sirviendo al precio de la subjetivación automatizada. La cibernética llegó para quedarse y la revolución electrónica hoy existe sólo como un ícono de nostalgia. La máquina ya no es lo novedoso sino el contenido que produce. Lo que se plantea como un nuevo paradigma renovador es, paradójicamente, una nueva forma de segmentar también. El teléfono celular dejó de ser la novedad para transformase en requisito. Hoy la resistencia es la nostalgia por lo analógico. ¿Será la esperanza de una subcultura que busca rescatar la condición humana? Recuerdo la última escena de la película Escape de Los Ángeles, de 1996 dirigida por John Carpenter. Un verdadero encierro sería un apagón masivo. Una suerte de Gran Depresión del Siglo XXI: si se apagara el mundo completamente. La smartización, dice Yuk Hui (2022), ya nos advirtió sobre la dominación de las máquinas. Quizás hemos estado lo suficientemente dormidos como para no darnos cuenta de esa realidad. Pero también llegan los multiversos al rescate y también podemos crear nuevas realidades a gusto para no deprimirnos. Todo está al alcance de un click, es inmediato. La tecnología fue creada por el humano, pero hoy se invirtió esa relación, hoy la tecnología produce al humano actuando como discurso de poder. En ese sentido es que produce una nueva “normalidad” y una nueva forma de exclusión también.
Inteligencia artificial, sexo e inmortalidad
Son las llamadas tecnologías de la información y la comunicación las que parecen estar afectando la sexualidad de los usuarios de las llamadas redes sociales. Los estudios de epidemiología hablan de adicción a la tecnología, pero pocos hablan de la sexuación que producen las aplicaciones. Sexuación industrializada que segrega y segmenta dando una falsa sensación de inclusión al apropiarse de los códigos semióticos que produce la sociedad. Para la psiquiatría, la ansiedad parece ser el denominador común en todos los casos. Ansiedad que puede leerse como síntoma de un malestar social. Eric Sadin (2019) propone una mirada psicoanalítica sobre la inteligencia artificial al presentarla como el superyó del Siglo XXI[i]. En este sentido, Silicon Valley se constituye como una otredad colonizadora del mundo. El humano deshumanizado y pensado por un Gran Otro artificial. Pero no son sólo los excesos del uso de la tecnología los que terminan afectando a la salud, es necesario tener en cuenta que un contexto que nos confronta con la idea de perder el trabajo porque seremos reemplazados por un bot (aplicación de software programada para realizar tareas que suele simular el comportamiento humano) es también un terreno fértil para la depresión. Del lado contrario, la defensa del discurso del progreso se basa en la evidencia científica y se justifica en que la tecnología produce beneficios para la vida cotidiana. No obstante, este nunca dejará de ser un tema de la subjetividad y eso no es cuantificable. Si el pensamiento pasa a ser mecánico porque una inteligencia externa piensa por nosotros (Chat GPT), entonces ya no es necesario esforzarse por pensar. Este es uno de los peligros que se nos presentan hoy como post humanidad. Otro problema es el fin de la individualidad tal como la conocemos. Si la inteligencia artificial permite recrear la cara y la voz de una persona, viva o no, la identidad ya no es un atributo único e irrepetible. Lo que se busca es recrear y entretener en forma rápida y productiva. El usuario busca taponar su falta con lo que encuentra a su alcance, con lo más inmediato. Creer que nos falta algo es el leitmotiv de esta ficción distópica.
Lacan nos enseñó que la falta está en el Otro. Sin embargo, el lugar del Otro, lugar del lenguaje, no puede dar un significado o un sentido absoluto a la existencia del sujeto. El sujeto es subversivo con respecto a la verdad porque está barrado. El usuario cree que el Otro es completo y de ese modo se refugia en la mediación de la identidad subjetivada y pre digerida por el discurso de las redes. Pero esta pseudo identidad imaginaria no solo lo aliena aún más, sino que le impide interrogarse por su deseo en tanto y en cuanto existe gracias a la falta. La imagen insiste y lo seguirá haciendo desde los imperativos de goce que establecen los discursos de poder de turno. Hay que crear contenido constantemente porque desde el momento en que se postea una imagen ya pasa a ser antigua. En el scrolleo (acto de deslizar el dedo por pantallas táctiles) infinito el goce imaginario encuentra su lugar para vivir como un parásito del ser.
Desde lo romántico, la imagen nos preserva porque nos hace trascender a los hechos. Pero la imagen y no es la de la fotografía física, analógica, que guardaban en cajitas de madera nuestros padres y abuelos. La imagen digital perdurará en el ciberespacio mientras exista un servidor encendido que la aloje. Mientras tanto, los mortales nos vamos digitalizando de a poco para olvidar las vicisitudes del mundo físico. Embriagados de inmortalidad permanecemos inertes en las imágenes hipersexualizadas que subimos a nuestras redes sociales. Nos creemos inmortales por microsegundos hasta que la falta vuelve a presentarse en la forma de un posteo que fracasó y no se hizo viral. ¿Será que la inmortalidad se nos ha vuelto algo tan cercano que no podemos frenar los excesos de goce que producen las imágenes en nuestras vidas? En palabras de Zizek, “alcanzar el Otro Sexo involucra la aceptación de la propia mortalidad” (Žižek, 2010:149).
[i] Sadin, R. La inteligencia artificial: el superyó del siglo XXI. Revista Nueva Sociedad No 279,
enero-febrero de 2019, ISSN: 0251-3552, <www.nuso.org>.
Bibliografía
Burroughs, W. (2009) La revolución electrónica. Buenos Aires: Caja Negra.
Eribon, D. (1994) en Michel Foucault y sus contemporáneos. Buenos Aires: Nueva Visión.
Foucault, M. (1990) Tecnologías del Yo. España: Editorial Paidós.
(2007) Historia de La Sexualidad. Buenos Aires: Siglo XXI editores.
Han, Byung-Chul. (2020) La sociedad del cansancio 2da Edición. Argentina: Herder.
Hui, Y. (2022) Recursividad y contingencia. Buenos Aires: Caja Nedra Editora.
Lacan, J. (1981) El Seminario 1. El yo y el otro yo. Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. (1981) El Seminario 1. El orden simbólico. Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. (1981) El Seminario 2. Introducción del gran Otro. Buenos Aires: Paidós.
Žižek, S. (2010) La Música de Eros. Ópera, mito y sexualidad. Buenos Aires: Prometeo.
y satisfactoria.


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