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No future: cuando el malestar ya no tiene voz

Por Andrea Occhiuzzo



Andrea Occhiuzzo es estudiante de Psicología. Escribe por compromiso con el presente que habitamos y con la necesidad de pensar críticamente la realidad y de no naturalizar el malestar que atraviesa a nuestra sociedad, especialmente a los jóvenes. En esta carta abierta, la autora se propone abrir preguntas más que cerrar respuestas.




Hoy no hay un Sex Pistols. Y no es solo una cuestión musical. Hay algo del orden de la rebeldía que parece haberse diluido o transformado en una experiencia más silenciosa, fragmentada, individual. Hace tiempo que busco respuestas elaborando posibles hipótesis, imaginando escenarios. Debato con mi sombra, intento encontrar una explicación lógica a lo que está sucediendo en la sociedad, pero principalmente en esa población que necesita algo que no estamos viendo los adultos. Los jóvenes y adolescentes de hoy habitan un mundo en donde el malestar existe y es profundo, pero muchas veces no encuentra un lenguaje común para expresarse. No hay un grito colectivo que condense la bronca. Hay ansiedad, sobreexigencia, hiperconexión, comparación constante y, paradójicamente, una enorme soledad. Ya lo advertía Freud en sus escritos de El malestar en la cultura: la vida en sociedad implica una renuncia pulsional (Freud, 1976). Ese malestar no desaparece, se desplaza, se transforma, insiste, y la mejor manera de expresarlo es a través del arte.

En los años 70, en Inglaterra, el punk gritó “no future”. No como una consigna vacía, sino como una experiencia real de una generación que no encontraba lugar (Hebdige, 2004). Hoy, esa frase resuena con una fuerza inquietante en Argentina. Porque cuando los jóvenes miran para adelante, ¿qué ven? Ven un país atravesado por una profunda crisis, donde progresar parece imposible, lejano, inviable. Donde la salud y la educación se convirtieron en privilegios, donde alimentarse es casi una supervivencia y adquirir una vivienda digna es solo para unos pocos. Ven un horizonte donde el esfuerzo no siempre garantiza estabilidad. Un mensaje a viva voz que impulsa a no estudiar porque eso no asegura un futuro claro y rentable. Donde el trabajo se volvió precario y la posibilidad de proyectar una vida se volvió incierta. Ven también un país endeudado, condicionado, con decisiones estructurales que comprometen generaciones enteras. Un país en donde los recursos fundamentales, como los glaciares, que no son ni más ni menos que reserva de agua y vida, entraron en disputa en nombre de las lógicas económicas de un puñado de millonarios que priorizan lo inmediato de su conveniencia por sobre lo colectivo y el futuro.

Ese “no future” ya no es una canción, comienza a sentirse como una realidad (Fisher, 2009).

En la Argentina de los años 70, el malestar existía, y muchos de los actores de ese momento hoy están aplicando el mismo modelo que obligó a toda una generación a expresarlo de una forma más simbólica, más poética, porque el riesgo era extremo. La dictadura se encargó de silenciar y desaparecer esas voces, mostrando que expresarse tenía un costo demasiado alto, adoctrinando y destruyendo todo lo que encontraba a su paso. Hoy el silenciamiento existe, pero desde el surgimiento de un fenómeno complejo: la dificultad para construir una voz colectiva. Y cuando no hay voz colectiva, ese malestar queda suelto. O peor… es capturado.

En un escenario de desencanto, descontento, fragmentación y pérdida de referencias, emergen discursos que logran canalizar esa bronca. Discursos que se presentan como ruptura, como rebeldía, como castigo a un orden previo, pero que no transforman el sufrimiento social, sino que lo redirigen. Nos presentan supuestos enemigos, instalan una grieta y alimentan la ilusión de que destruir es lo mismo que cambiar.

Y mientras tanto, los jóvenes siguen ahí. Sin un “nosotros” que los aloje, sin un lenguaje que los represente, muchas veces frente a exigencias cada vez más altas y posibilidades cada vez más inciertas. Cuando ese malestar no encuentra palabras, ni escucha, ni lazos, deja de tramitarse simbólicamente y comienza a manifestarse en el cuerpo o en la acción. No es casual que crezca la angustia, la desesperanza, los actos extremos. No es solo un problema individual, es un problema de época. En este contexto, es inevitable preguntarme cuál es mi lugar como madre. Porque no se trata de imponer una forma de pensar ni de bajar una ideología cerrada. Se trata de algo mucho más profundo: transmitir valores, abrir preguntas, habilitar el pensamiento crítico. Enseñar que lo que duele no debe taparse ni evitarse, sino escucharse, pensarse y transformarse. Intento que mis hijos descubran su propio “Sex Pistols”. No necesariamente una banda, sino una referencia que les permita decir: “esto sí me representa” o “esto no lo acepto”. Que puedan cuestionar, que no se conformen, que no se adapten sin pensar, que no se dejen engañar por quien pretende hablarles en un lenguaje de rebeldía para sembrar una falsa idea de libertad: una libertad repleta de restricciones y, la más peligrosa, la que atenta contra su autoestima, su autonomía y la posibilidad de cubrir sus necesidades básicas. También les transmito algo fundamental: la importancia irrestricta de estudiar, de formarse, de construir herramientas propias. Porque en un contexto donde todo parece incierto, el saber, el pensamiento crítico y la autonomía se vuelven formas de resistencia. Que puedan valerse por sí mismos, no solo en lo material, sino también en lo subjetivo. Que no queden atrapados ni en la resignación ni en falsas promesas de rebeldía.

Tal vez hoy no haya un Sex Pistols. Pero quizás la tarea no sea esperar que aparezca, sino crear las condiciones para que ese “no future” no se convierta en destino. Porque el malestar siempre va a estar. La diferencia está en si logramos transformarlo… o si lo dejamos en manos de otros.

 

Referencias bibliográficas

Fisher, M. (2009) Realismo Capitalista. ¿No hay alternativa? Buenos Aires: Caja Negra Editora.

Freud, S. (1976). “El malestar en la cultura”. En Obras Completas, Tomo XXI. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Hebdige, Dick (2004) Subcultura. El significado del estilo. España: Editorial Paidós.

 
 
 

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